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domingo, julio 19, 2026

Apostillas a La bruja guachichil - Juan José González Mejía

El Sol de Tampico, 17 de octubre de 2021
Apostillas a La bruja guachichil. Palabras para otra magia de Alexandro Roque

El lenguaje es la memoria de la historia, de las acciones que fueron y que, por lo tanto, por la palabra seguirán siendo hasta que –oh, magia deslumbrante– la imaginación apague su aliento ígneo.

La bruja guachichil. Palabras para otra magia (Editorial Ponciano Arriaga, Gobierno de San Luis Potosí, colección Premios 20 de Noviembre) no es una radiografía ni crónica de una etapa de la historia del altiplano potosino, es la escritura “otra”, como aducía Ricardo Garibay, de esa historia cuya esencia es la ficción, herramienta indispensable del novelista para ingresar a los laberintos del pasado. Y hablar del pasado es, de una manera u otra, repensar el presente para intentar entenderlo porque los enemigos de la memoria no se encuentran en la geografía sino en la espiritualidad de un pueblo. Por ello, tal vez, Rulfo sigue vigente porque el polvo de Comala no está en las suelas de los huaraches de sus habitantes sino en las historias de personajes que son fantasmas, es decir, espíritus que la literatura ha perpetuado a través de los tiempos.

Alexandro Roque toma como punto de partida un hecho real, la muerte en la horca de una mujer india que fue acusada de alborotadora que rechazó ser bautizada y que era chamana, sanadora, profanadora de la religión “católica”.

Todo personaje de novela, más que ser ubicado como un inexplicable eje rector de una historia o ser convertido en símbolo, debe poseer la consistencia de la profundidad psicológica que es indispensable en un universo tan cerrado y a ratos mítico como la novela de Alexandro Roque.

Más que un repaso histórico por la fundación de San Luis Real de Minas del Potosí o de la Gran Chichimeca o de otro pueblo cuya constitución se pierde en las neblinas del tiempo premexicano, La bruja guachichil. Palabras para otra magia es un puñado de ecos, voces que se niegan a morir del todo y cuyo prurito es contar una tragedia (la de una mujer sin nombre desafiante de la Corona), pero también son relatos de gente sin historias, arrancada de su terruño porque no tiene la raíz primigenia: un nombre.

Y ese es uno de los aciertos del autor, no darle un nombre a la protagonista central la cual, con ello, adquiere el anonimato del dolor, el rasero de la desposesión de los que, más que conquistados, fueron esclavizados con la ideología de una religión ajena, lo que da pauta a un relato “en el tiempo que los españoles llamaban 1596” y que concluye el 19 de julio de 1599 con la partida de este mundo de la bruja, guachichila, hereje, engendro del mal, ahorcada por un Justicia Mayor que, como ella, no era nadie y que confesó nunca haber visto una guerra.

Pero también La bruja guachichil. Palabras para otra magia es una epopeya en el sentido que prologa y prolonga la memoria de un pueblo pluricultural (chichimecos, pames, guachichiles, guaxcabanes, tlaxcaltecos, otomíes, mascorros y zacatecos). Amasijo de etnias que se desgranan en una sorda violencia donde "cada día se construye otro mundo” y “hay más de mil ojos más allá de los dos visibles” porque los mexicas les ensañaron que “estos indios son seres salvajes, sin cultura” y, al igual que en La república de los sueños, de la brasileña Nélida Piñón, la novela de Roque es consignataria de la memoria oral de personajes sin tierra propia, expropiados de una comunidad de la manera más terrible: integrando familias sin apellidos. Sin la descripción sensual de un Graham Green o escatológica de Conrad, Alexandro Roque sin embargo urde una mirada siempre rayana en eso que Julio Cortázar llamaba “sentimiento de lo fantástico”, donde lo real es acto común de lo onírico. Estas líneas dan testimonio de ello: “El mezcal de doña Gertrudis se hizo tan famoso que provocó visitas lejanas. (…) Por la noche se volvió loba y fue a recibirlos. Fue un sueño, pensaba la mayoría. Fue la misma noche que el hijo se volvió venado”. O estas otras: “La primera magia que conoció fue la de las canciones de cuna, que le susurraba su madre para ahuyentar a las iguanas”.

Alexandro Roque cuenta la historia de la mujer sin nombre, de la “dicha india”, de la rebelde contra un dios blanco cuando “los indios se contaban por docenas y se vendían a ochenta por una yegua o uno por un queso”; pero también nos sumerge en un mundo donde fray Diego de la Magdalena guardaba el cuerpo de un indio incorrupto y que luego enterró donde años después ahocarían a la bruja guachichila. O cuenta la poligamia entre los chichimecas, o es capaz de descubrirnos la maravilla cotidiana de que las niñas guachichilas se pintan con tinta de cochinillas. O, por igual, narra la malhadada vida de un poeta, Juan de Gabiria, cuya amada Marta es de cascos ligeros.

Pero la novela también es la historia de una traición, la de Andrés, que atestigua en el juicio contra la “dicha india” quizá porque jura y perjura que ella lo convirtió en un ser monstruoso con cola cuando la realidad apuntó hacia una borrachera con pulque.

La galería de personajes de La bruja guachichil. Palabras para otra magia funciona en virtud no tanto para configurar el infierno en la tierra para la india sin nombre, sino para establecer puntos de vista de personajes condicionados por sus propios infiernos individuales: la sombra de un capitán mestizo, Miguel Calderas; don Gabriel Ortiz de Fuenamayor, Justicia Mayor deleznable; Baltasar Hernández, traductor de idiomas originarios al español, y una retahíla de testigos lastimeros: Naboco, Jaju-An, Mateo y Perico de Torres para dar, así, una mirada no histórica (que sería efímera y relativa) más bien literaria porque la literatura no puede tomar el lugar de la Historia porque dejaría en la orfandad al mayor de sus elementos, la imaginación. Y es, por la imaginación, estructurada mediante el lenguaje y las licencias que posee para trastocar la realidad, que un mundo como el de la bruja guachichila es la construcción de un tiempo literario donde las cosas carecen de nombre, a la manera de Macondo, y que Alexandro Roque lo confirma en el inicio de su novela cuando la “dicha india” confiesa: “Nunca he necesitado un nombre, si lo hubiera tenido ya lo hubiera olvidado”. Y esa es la labor de la literatura precisamente: combatir el olvido…

miércoles, julio 18, 2012

Aniversario del levantamiento de la bruja guachichil


El domingo 18 de julio de 1599, hace 412 años, una indígena anciana y sin nombre logró juntar a los habitantes de los pueblos de Tlaxcalilla y Santiago, a algunas leguas del pueblo español de San Luis Potosí, con la promesa de una liberación terrenal y espiritual.

Convenció a muchos, no se sabe cómo, de no ir a misa, y a los que estaban en los cultos de los hoy barrios los sacó al entrar y destruir las imagenes religiosas. El justicia mayor, Gabriel Ortiz de Fuenmayor, la juzgó y mandó su ahorcamiento apenas al amanecer del lunes 19 de julio.

La historia consta en el expediente del juicio con el que la juzgaron unas horas después, por hechicería y por matar a un indio, publicado en forma íntegra en el libro Documentos sobre el capitán y justicia mayor Gabriel Ortiz de Fuenmayor, de José Ignacio Urquiola Permisan, publicado por El Colegio de San Luis (2004). Se habla de apariciones, transformaciones, muertes sin motivo aparente, una vida mejor junto a La Laguna. Españoles, tarascos, guachichiles y tlaxcaltecas dan su versión y sólo ella parece creer en que todo era para bien.


Un relato muy resumido del caso, que se transformó en leyenda y dio pie a un estudio sobre chamanismo, lo puede encontrar aquí




Tengo una novela, No morirán del todo, sobre esta anciana indígena, sobre la primera revolucionaria (fallida, como tantos, pero idealista, digamos) de estas tierras tuneras, una chamana que fue seguida a pesar de todo y le tuvieron miedo, respeto, que no necesitó nombre y que pasó su juventud mientras se conquistaba esta región de Aridamérica.

Les comparto algunos párrafos:

1599, casi se llega el cambio de siglo. El justicia mayor no puede sustraerse a hacer la señal de la cruz, aunque lo disimula como si se atusara el bigote, no vaya a ser que alguien piense que es supersticioso, ni lo quiera Dios, mientras recuerda la pintura de la señora santa Ana que pende en el muro norte del templo del pueblo: la misma mirada hueca de unas cataratas blancas que está a punto de curar para siempre. La condenada tamborilea uno contra otro sus índices y cordiales, en el ritmo de la trompeta. Parece rezar, pero quienes la conocen saben que eso es justo lo último que haría. Otra reclamación del ave hace caer en muchos sudor frío, mas el rostro de ella se queda impávido ante el graznar, acostumbrada a otras voces que no comprenden los extranjeros o que ni siquiera podrían pronunciar. Su corazón sigue latiendo sin pedir permiso, sin desbocarse. No puede hacer un hechizo para escapar, como la acusan, ni está borracha o ha comido peyote como habían dicho tratando de defenderla. No quiso comer en el poco tiempo que le dieron entre el juicio y la ejecución. Apenas le dio un breve trago a una jícara de mezcal con hojasén que le pasó Guaxcamá cuando dictaron la sentencia y en ayunas la habían traído a la horca, paso a paso, para que todos oyeran el delito que conocían de sobra, para escarmiento de la indiada, para consolidar con este desfile el nuevo orden de estas tierras, con don Gabriel vestido con telas de la Península y su pertrecho militar reluciente, al frente, flanqueado por dos guardias de casco guerrero y la vieja de pie en una carreta descubierta, con una manta gris y raída como único tapujo de sus cueros, custodiada por cuatro jinetes en cabalgaduras de diversos colores.
Al dios de los blancos, recuerda, lo mataron con un juicio igual de injusto, pero era su destino. Como el mío. Tal vez. Ese dios pidió perdonar a los que lo mataron, porque no sabían lo que hacían, pero para ella la ignorancia no es pretexto. Le dan lástima, coraje, ternura casi. Bola de agachones, espero que algún día se les quite. 
No le importan los gritos que para lucirse le lanza con su voz más ronca fray Diego Granados, crucifijo en alto —quien se imagina a sí mismo haciendo historia, la Historia, como un ser que proyecta rayos de luz, digno de ser ilustración de algún libro sobre fe—, instándole al arrepentimiento, ni las cuatrocientas voces de la multitud de indios que en sus lenguas nativas —hay tarascos, tlaxcaltecas, otomíes, pames, guachichiles— claman por partes iguales que la cuelguen o que la liberen, y que a los blancos les parece un clamor hereje, una rumorosa ola sin significado que por sus efectos intimidantes hay que parar de golpe, una enfermedad que se debe cortar de tajo para la propia sobrevivencia de la ciudad fundada apenas siete años atrás, en 1592.